viernes, 5 de junio de 2015

"Estoy sanando mi corazón" por Myklos

Recuerdo claramente el instante de aquella tarde de mayo de hace algunos años en que tuve esa sensación por primera vez en mi vida, tal y como si hubiera ocurrido ayer. Uno nunca podría olvidar semejante cosa. Es imposible borrar de la mente tal impacto. Supongo que sólo un poderoso efecto de bloqueo, surgido del más básico instinto de supervivencia de nuestra mente es capaz de amortiguar el efecto de semejante golpe en un intento de preservar la vida y la cordura. Quien diga que nunca lo ha experimentado probablemente no es humano, o simplemente no ha vivido.

Si alguien me hubiera descrito antes la sensación, no le hubiera creído ni por un momento que un ser humano es capaz de tomar y resistir semejante cantidad de emociones, sensaciones, dolor, y demás cosas que se sienten en el preciso instante en que uno vive por primera vez esa experiencia de la que han hablado, pintado, escrito, y cantado centenares de personas a lo largo de la historia: escritores, poetas, pintores, dramaturgos, cantantes, científicos, juglares y hasta doctores. Esa sensación que desde hace siglos todos han tratado de describir, analizar y comparar con cientos de cosas.

Para mí fue como si en ese instante el tiempo se hubiera detenido un segundo. Pero no nada más para mí. Para todo el mundo y sus siete mil millones de habitantes. Un segundo. Un instante, tras el cual se desató en mi ser la más grande vorágine de sensaciones que jamás he experimentado.

Primero, el aire. Literalmente me faltaba el aire. Imposible respirar. Fue como si todo el oxígeno del mundo hubiera dejado de existir. Como cuando aquella vez, siendo niño, me puse una bolsa de plástico en la cabeza por juego y a los pocos segundos empecé a sofocarme. El aire se va. A dónde? Quién sabe. El tema es que uno trata de jalar el aire en intento por respirar y es imposible. Te ahogas. Algo bloquea la nariz, la boca y la garganta y el aire no entra. En algún momento creo que el cerebro le ordena al cuerpo que respire por la boca y es ahí cuando se logra que el oxígeno llegue a refrescarlo, evitando la muerte. Uno hiperventila como si acabara de subir corriendo una montaña de tres mil metros sin parar.

Luego, el pecho. Creo que es lo más parecido a recibir un impacto de bala expansiva sin la bala presente. Algo atraviesa el pecho. Qué es? No sé. Solo supe que dolió como si una varilla de metal, enorme y gruesa hubiera atravesado de la parte frontal de mi pecho a la trasera, dejando una estela y espectro de dolor que me hicieron llevarme la mano al pecho y gemir de dolor. Recuerdo que en ese instante no lloré. Me tomó un poco de tiempo darme cuenta de lo que había pasado. Creo que algo le pasa al cerebro con la falta de aire, como si ocurriera una pequeña embolia.  No había sangre. No había agujero. Simplemente algo me atravesó por dentro, causando una sensación de dolor. Uno creería que es como un infarto. Pero no. El infarto dura unos cuantos minutos antes de ocasionar la inconsciencia o la muerte. Y en mi caso, ni inconsciente ni muerto. En pocos segundos comenzó a extenderse. Primero, hacia el lado izquierdo. Derechito al corazón. Obvia y lógicamente tenía que ser ahí el primer espacio a atacar. Es el lugar ideal para anidarse y comenzar a envenenar la sangre que entra y sale, para después bombearla a todo el cuerpo. Cuando el "veneno" del proyectil llega, el corazón se estremece, se da cuenta de que algo ha pasado y se repite la sensación de dolor inicial, pero ahora hay que agregar la opresión sobre el músculo, como si una garra invisible lo apretara fuertemente para exprimirlo y destrozarlo.

Recuerdo que fue ahí cuando lancé mi primer grito de dolor. No pude soportarlo más, y no tuve otra reacción más que llorar. Llorar. Lo que mi madre siempre me prohibía: "no llores, pareces vieja!". En esa ocasión, poco me importó. El dolor causado por el agujero invisible en mi pecho y esa sensación de opresión en dl corazón eran mayores que todo. Dejé que mis ojos se soltaran y salieran las lágrimas. Recuerdo que cuando era niño y lloraba, me daba curiosidad ver mis lágrimas y probarlas. Tenían un gusto salado, como agua de mar. Pero esta vez no eran las lágrimas comunes que salen al rasparnos una rodilla, al picar cebolla, o al golpearnos el muslo contra el borde de una mesa. No. Eran diferentes. Uno puede sentir que son lágrimas con una consistencia mucho más espesa, como si fueran aceite. Y dado el torrente desatado, alcanzaron mis labios rápidamente, para darme cuenta de que tienen un sabor muy diferente. No supe si era un juego de mi mente o algo así, pero puedo jurar que eran amargas y en algún momento ácidas, y luego saladas, y luego amargas, y así sucesivamente, como si se agotaran alternadamente los sabores y entrara el reemplazo del anterior.

Acto seguido, ese inmenso y agudo dolor donde entró la afilada varilla invisible que ya se ha extendido al lugar donde se ubica el músculo cardiaco empieza a extenderse al resto del cuerpo rápidamente. En mi caso, primero se fue a la cabeza. Sentí claramente como si un líquido frío y extraño llegara a mi cerebro y lo detuviera, para posteriormente ocasionar una sensación de que todo en el interior quisiera estallar. Cada fibra, cada neurona y cada cosa en mis sesos se sentía como si estuvieran sometidos a mucha presión y quisieran escapar. Me dolía la cabeza, el cuello, la garganta, la boca, la lengua... El interior de mi boca percibió un sabor a metal, como si chupara una moneda, y literal, la incomodidad me llegó hasta el cuero cabelludo; si, esa incómoda sensación que se siente cuando nos va a dar gripa y "duele el pelo"; las orejas se me pusieron frías, y comencé a percibir una frecuencia extraña semejante a un zumbido; y mientras tanto, mis ojos, llorosos, se sentían inflamados y como si quisieran salirse de su lugar.

Luego, el dolor se extendió a mi vientre; en específico, al estómago, que aún creo que se retorció y luego se volteó como si lo anudaran y luego lo desataran de un jalón. Jamás había sentido esa sensación de dolor y opresión combinado con retortijón, el deseo de arrojar todo lo que adentro hubiera y un horrible escalofrío que recorrió mi columna y remataba en mi intestino. Rara cosa el cuerpo, no? Tal y como si fuera una computadora que acaba de sufrir un fallo general y tratara de reaccionar, confunde dónde inician, dónde terminan y cómo se generan sensaciones en medio de la gran confusión.
Recuerdo que a los pocos segundos mis brazos y piernas perdieron toda fuerza y se sentían vencidos. La sensación de que un líquido frío recorría mis venas ocasionó que mis huesos, músculos y piel reaccionaran como si empezara a sufrir hipotermia. Las puntas de mis dedos de manos y pies estaban rojas y gélidas, como si me hubiera expuesto a una corriente de aire frío. Noté que las uñas se veían ligeramente amoratadas sobre las lunas blancas, supongo a causa de la falta de aire. Sentía como si todos mis huesos se estuvieran rompiendo por dentro bajo el peso de una presión invisible que no venía del exterior sino de adentro. Como si el esqueleto roto quisiera despegarse de la carne y quisiera huir, y a la par tenía la sensación como si todas mis articulaciones estuvieran atadas con alguna especie de alambre y les impidiera moverse libremente . Supongo que fue ahí cuando entendí el significado de la frase "roto de dolor", que hasta antes de eso me parecía una exageración y exceso de sensibilidad. Mis piernas temblaban, y en algún punto fallaron a sostenerme y caí de rodillas, como si la orden general dada por mi cerebro a mi cuerpo hubiera sido de un apagado y desconectado generales con la intención de preservarme con vida.

No recuerdo mucho de lo que pasó después de esos 5 minutos. La cabeza y el mundo me daban vueltas, como si hubiera bebido en exceso. Si alguien alguna vez ha bebido 4 o 5 shots de tequila seguidos y sacudido la cabeza después, creo que mas o menos ha experimentado la sensación. La voz de cierta persona aún resonaba en mi cabeza y era como escuchar que alguien pronunciaba una sentencia de muerte por medio de una cruel tortura. Me encontraba solo, junto a mi cama. Nadie estaba conmigo. Recuerdo que caí al suelo, y que emití un grito de dolor... Bueno, no exactamente un grito. Por lo que alguien que se encontraba cerca en ese momento y me dijo, fue un verdadero alarido de dolor, pena y sufrimiento que se escuchó a varios metros de ahí, parecido al que emitiría alguien que se encuentra siendo atormentado en plena sala de torturas.

Y por último, la mente. En la mente ocurre el más grande de los desastres. Primero, uno no entiende nada. Es como si un terremoto, una marejada y una tormenta brutal atacaran al mismo tiempo. Y lo peor es que pareciera que todo ocurriera en cámara lenta, y al otro instante todo fuera en máxima velocidad, como si el mundo y el tiempo se movieran de manera diferente y sin control en ese espacio. Mi mente y su espacio (en mi caso siempre lo ha visualizado como si fuera un enorme e infinito salón con una puerta de herrería con cristal y ventanas por donde entra la luz exterior, con muros pintados de color blanco) fueron atacados por todo, y literalmente invadidos por una sensación de miedo, desesperación, terror, desesperanza, deseos de desaparecer, rabia, y muchas otras emociones que se juntaron y comenzaron a crear una sola idea: el mundo tal y como lo conocía había terminado y era la hora del dolor. Dolor de sentirme abandonado, dolor de saberme herido, dolor de saberme en un camino y situación sin un futuro claro, sin esperanza ni idea alguna de cómo seguiría mi camino, es más, sin la esperanza de un camino. Parecía que todo aquello que tuviera que ver con la felicidad, alegría y demás emociones positivas hubieran dejado de existir en ese momento y solo quedaba tristeza y desolación en mi antiguo espacio y refugio interno, dejándome a merced de monstruos oscuros parecidos a árboles podridos con capuchas negras y putrefactas que se alimentan de la alegría y las ganas de vivir, y que en ese momento estaban por devorar todo aquello que pudieran de mi ser.

Hace poco alguien me platicaba el dato de la escala de los dolores más fuerte que el ser humano puede sufrir. El primero es el parto en la mujer, seguido de un fuerte golpe en los genitales para el hombre, y en tercero la ruptura de 3 o más huesos al mismo tiempo. Creo que ahí hace falta integrar el momento en que se sufre la primera decepción sentimental seria. Por todo aquello que se siente, independientemente de la sensibilidad y umbral de dolor propio de cada persona, creo que el pasar por ello es como si se combinaran las sensaciones de un parto, tres golpes en los genitales, ser sepultado vivo, comprimido en un ataúd que aplasta los huesos e impide respirar y aparte sufrir un envenenamiento que invade todos y cada uno de los rincones del cuerpo. Es una sensación muy intensa, dolorosa y terrible, casi irreal. Quien lo ha vivido, sabe de qué hablo. No sé como esperan que una persona pueda ir a trabajar o hacer sus actividades habituales cuando ocurre; es como haber sido atropellado por un camión, como caer de un quinto piso, como haber sido golpeado por 10 agresores, y la recuperación no es nada rápida ni sencilla. Debería integrarse a los programas de salud pública, con atención de emergencia y cuidados intensivos. Un corazón roto es una de las cosas más frágiles de este mundo, porque no solo es víctima del daño interno, sino del externo. Literal el cuerpo sufre una metamorfosis, de la cual nunca se sabe el resultado. Afortunadamente donde hay muerte y destrucción, siempre queda esperanza y resurrección. Y el corazón no está exento de ello. Poco a poco sana y se recupera. Pero también cambia. Cómo? No tengo idea. Sólo sé que el corazón crea una coraza a su alrededor y se oculta en algún lugar del cuerpo. No quiere ver a nadie, oír a nadie ni saber de nada ni de nadie. No quiere volver a pasar esa tormenta de dolor que casi lo destruye. Se siente frágil, vulnerable. Como cuando te rompes una pierna, te enyesan, y después de unas semanas te quitan el yeso, y tratan de hacerte caminar; te da miedo dar los primeros pasos. El mío sigue oculto. Sé que aún está por ahí, porque aún sale y se deja ver ocasionalmente, pero prefiere mantenerse en las sombras. Creo que aún está terminando de sanar sus heridas. Aún lo estoy buscando.

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