martes, 12 de mayo de 2015

¡La puta vida, estamos a mano! by Enrique

La ansiedad empezó, nuevamente  apoderarse de mí y decidí salir a buscarte. Llovía, vaya cliché, solo necesitaba un abrazo, un abrazo del que había sido mi protector por tanto tiempo y en ese entonces la lluvia era mi coartada perfecta para poder escapar hacia ti.

Llegué  hasta la puerta de tu casa, pero todo está oscuro, llamé a la puerta y vi tu sombra bajar las escaleras y mi corazón empezó a latir como nunca, como si tratara de decirme que estaba en peligro, lo ignoré  y espere ahí mojándome por ese abrazo que lograba tranquilizarme. Abriste la puerta, descalzo, a medio vestir y al verme, tu cara fue de horror, jamás me habías visto de esa manera. Por supuesto me abrazaste, pero mi corazón no se calmó, al contrario latía tan fuerte, que creo hasta me lastimaba.

Levanté la vista para ver tu cara y me desconcertó el verte llorando, al parecer tú también me necesitabas, o eso creí hasta que me negaste la entrada a la casa, nuestra casa que lo fue por 7 años. En ese momento entendí a mi corazón, entendí lo que intentaba decirme, sin embargo me quede ahí parado y te hice esa pregunta: -No estás solo ¿Verdad? Al recibir tu respuesta todo mi cuerpo se paralizo no sé cuánto tiempo, supongo no fue mucho, lo que recuerdo es nuevamente tu cuerpo abrazando el mío y sentí como mi corazón, que unos minutos atrás latía con tanta fuerza, se detenía poco a poco, como el calor de la adrenalina se empezaba a enfriar, dándome vueltas todo, no podía respirar, tenía un hueco en el estómago y de repente todo se apagó, la lluvia, mi cabeza, y aunque sé que es físicamente imposible, lo único que escuche fue como se me iba rompiendo el corazón.

Hubo días que no comía, no dormía, no hablaba,  solo salían lágrimas y no podía dejar de llorar, tú me escribías y llamabas buscando mi perdón y yo eché por la borda muchos de los valores que pregonaba,  todo por no aceptar el hecho de que me estuviera pasando eso a mí, y decidí “perdonarte” en ese momento ya no tenía derecho de réplica, por lo que ya no sé los valores que pregono. Escuchaba a mis padres haciendo su rutina, murmuraban, realmente no me interesaba que era lo que decían y así fueron si mal no recuerdo los primeros diez días. Un sábado por la tarde mi madre totalmente decidida entró y me pidió que la acompañara, yo, por no querer discutir lo hice, no recuerdo ni siquiera que traía puesto. Me subía al coche con mis padres, no sabía el destino al que íbamos y no me interesaba. 

Cuatro horas más tarde estábamos en una playa, mi madre y yo. “Aquí estaremos el tiempo necesario, déjalo ir”, me dijo mi madre al llegar. Yo seguía muerto en vida, mi madre no me molestaba y solo secaba las lágrimas que seguían saliendo una a una, de verdad no sabía que alguien pudiera producir tantas lágrimas. Al tercer día yo viendo al mar, recreando una y otra vez la escena en mi mente, se me acerco una señorita, Paulina, preguntándome si podría sentarse conmigo, yo realmente no interactúo fácilmente con extraños pero realmente en ese momento no me importaba, creo que hasta la ignore. Paulina se sentó a mi lado, y me dijo: -Se siente como si nunca se fuese acabar ¿cierto? De película, yo pensaba que esto solo pasaba en las películas de Woody Allen y sin embargo ahí estaba mi mamá, yo y esa extraña a punto de contarme su historia de cómo se le había roto el corazón.

Fueron días que pasaban sin pena ni gloria, volví a mi rutina y con ella tú, el llamarnos o recibir uno que otro mensaje de tu itinerario diario y tu del mío, me vi en la obligación de dejar mi refugio únicamente porque mi mejor amigo me necesitaba, me necesitaba con él, en ese momento; uno a uno los pilares de mi vida se fueron desmoronando y yo no veía la salida, pero había gente que me necesitaba y por lo mismo me vi en la necesidad de crear nuevamente a un personaje, a un Enrique tranquilo, obligué a mi corazón a latir a su ritmo habitual, a sonreír de vez en cuando para que no notaran mi derrota, incluso sabia como debía reaccionar, robotizado y programado para sólo decir lo permitido o al menos eso creía yo. Seguía mecánicamente mis actividades, y una tarde “despejando mi mente” haciendo lo que más me gusta, que era comprar, descubrí que dejó de serlo. 

En mi cabeza solo pasaban ideas absurdas, si nadie me veía, volvía a llorar, si alguien me observaba actuaba nuevamente mecánicamente, y esta ansiedad e ideas absurdas iban y venían durante todo el día hasta que alguno de tus mensajes o llamadas me tranquilizaba, te convertiste en mi efecto placebo perfecto. Pero al llegar la noche me entregaba nuevamente a mi mente, mi peor enemiga. Los días eran agotadores, vivir con el corazón roto era sumamente agotador. Tuve la peculiar idea de entrar al mundo de los sueños, terminar con el cansancio, con el robot, claro esperando a que mi protector me rescatara, pero no lo hubo y me dio mucho miedo hacerlo solo, además no iba apropiadamente vestido. Pasando más el tiempo y yo jugando a mi doble identidad, la vida se empezaba a volver más sencilla, nuestros encuentros donde te quise a pesar que sabía que te iba a perder, que cada día te perdía un poquito más, y yo seguía en el intento de llenarte el alma. Siempre supe que al final te irías, pero quise hacer lo que nadie había hecho: Creer en ti. 

Decidí congelar todos los recuerdos que teníamos juntos, sin saber que el frio también quemaba. De pronto poco a poco todo la tristeza se empezó a transformar en rutina, la misma rutina de siempre, la misma rutina de hace 4 años en ese entonces, y nuevamente vi como la vida me volvía a faltar, ¿alguien me la robo? ¿Por qué alguien haría algo así? Extrañaba infinitamente a mi otro Enrique, pero sabía que jamás iba a volver, solo estaba esperando verte expresar lo que nunca supiste o mínimo tuvieras la decencia de reparar el corazón que habías deshecho, pero no fue así, me quedo claro que una vez más si quería que salieran bien las cosas debía hacerlas yo mismo. Evitando canciones, olores, sabores, fue como poco a poco empecé a volver en mí. Volví a reír de manera natural, gracias a esos 4 pilares que no me dejaron ni un momento. 

La vida empezó nuevamente, pero conocemos a la vida y como le encanta reírse de nosotros, hizo de las suyas poniéndome en un escenario ya conocido, solo que esta vez era distinto, mejor. Estaba nevado, ese mismo escenario donde había estado contigo, ahora estaba nevado, mi cuerpo nuevamente sintió algo, que se transformó rápidamente en llanto, pero ahora el corazón ya no me dolía, pero sabía que en ese momento te decía adiós. ¡Fue suficiente! Gritaron mi corazón y mi cerebro, por primera vez después de mucho tiempo estaban de acuerdo. Mi corazón está bien. No te odio, jamás lo hice, en gran parte te debo lo que soy a ti, fuiste alguien muy especial en mi vida, y hoy curiosamente escribiendo esto, me di cuenta que eres esa historia que jamás lograré contar sin emitir una sonrisa y demarrar una lagrima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario