La ansiedad empezó,
nuevamente apoderarse de mí y decidí
salir a buscarte. Llovía, vaya cliché, solo necesitaba un abrazo, un abrazo del
que había sido mi protector por tanto tiempo y en ese entonces la lluvia era mi
coartada perfecta para poder escapar hacia ti.
Llegué hasta la puerta de tu casa, pero todo está
oscuro, llamé a la puerta y vi tu sombra bajar las escaleras y mi corazón
empezó a latir como nunca, como si tratara de decirme que estaba en peligro, lo
ignoré y espere ahí mojándome por ese
abrazo que lograba tranquilizarme. Abriste la puerta, descalzo, a medio vestir
y al verme, tu cara fue de horror, jamás me habías visto de esa manera. Por
supuesto me abrazaste, pero mi corazón no se calmó, al contrario latía tan
fuerte, que creo hasta me lastimaba.
Levanté la vista para ver tu cara y me
desconcertó el verte llorando, al parecer tú también me necesitabas, o eso creí
hasta que me negaste la entrada a la casa, nuestra casa que lo fue por 7 años.
En ese momento entendí a mi corazón, entendí lo que intentaba decirme, sin
embargo me quede ahí parado y te hice esa pregunta: -No estás solo ¿Verdad? Al
recibir tu respuesta todo mi cuerpo se paralizo no sé cuánto tiempo, supongo no
fue mucho, lo que recuerdo es nuevamente tu cuerpo abrazando el mío y sentí como
mi corazón, que unos minutos atrás latía con tanta fuerza, se detenía poco a
poco, como el calor de la adrenalina se empezaba a enfriar, dándome vueltas
todo, no podía respirar, tenía un hueco en el estómago y de repente todo se
apagó, la lluvia, mi cabeza, y aunque sé que es físicamente imposible, lo único
que escuche fue como se me iba rompiendo el corazón.
Hubo días que no
comía, no dormía, no hablaba, solo
salían lágrimas y no podía dejar de llorar, tú me escribías y llamabas buscando
mi perdón y yo eché por la borda muchos de los valores que pregonaba, todo por no aceptar el hecho de que me
estuviera pasando eso a mí, y decidí “perdonarte” en ese momento ya no tenía
derecho de réplica, por lo que ya no sé los valores que pregono. Escuchaba a
mis padres haciendo su rutina, murmuraban, realmente no me interesaba que era
lo que decían y así fueron si mal no recuerdo los primeros diez días. Un sábado
por la tarde mi madre totalmente decidida entró y me pidió que la acompañara,
yo, por no querer discutir lo hice, no recuerdo ni siquiera que traía puesto.
Me subía al coche con mis padres, no sabía el destino al que íbamos y no me
interesaba.
Cuatro horas más tarde estábamos en una playa, mi madre y yo. “Aquí
estaremos el tiempo necesario, déjalo ir”, me dijo mi madre al llegar. Yo
seguía muerto en vida, mi madre no me molestaba y solo secaba las lágrimas que
seguían saliendo una a una, de verdad no sabía que alguien pudiera producir
tantas lágrimas. Al tercer día yo
viendo al mar, recreando una y otra vez la escena en mi mente, se me acerco una
señorita, Paulina, preguntándome si podría sentarse conmigo, yo realmente no
interactúo fácilmente con extraños pero realmente en ese momento no me
importaba, creo que hasta la ignore. Paulina se sentó a mi lado, y me dijo: -Se
siente como si nunca se fuese acabar ¿cierto? De película, yo pensaba que esto
solo pasaba en las películas de Woody Allen y sin embargo ahí estaba mi mamá,
yo y esa extraña a punto de contarme su historia de cómo se le había roto el
corazón.
Fueron días que pasaban sin pena ni gloria, volví a mi rutina y con
ella tú, el llamarnos o recibir uno que otro mensaje de tu itinerario diario y
tu del mío, me vi en la obligación de dejar mi refugio únicamente porque mi
mejor amigo me necesitaba, me necesitaba con él, en ese momento; uno a uno los
pilares de mi vida se fueron desmoronando y yo no veía la salida, pero había
gente que me necesitaba y por lo mismo me vi en la necesidad de crear
nuevamente a un personaje, a un Enrique tranquilo, obligué a mi corazón a latir
a su ritmo habitual, a sonreír de vez en cuando para que no notaran mi derrota,
incluso sabia como debía reaccionar, robotizado y programado para sólo decir lo
permitido o al menos eso creía yo. Seguía mecánicamente mis actividades, y una
tarde “despejando mi mente” haciendo lo que más me gusta, que era comprar,
descubrí que dejó de serlo.
En mi cabeza solo pasaban ideas absurdas, si nadie
me veía, volvía a llorar, si alguien me observaba actuaba nuevamente
mecánicamente, y esta ansiedad e ideas absurdas iban y venían durante todo el
día hasta que alguno de tus mensajes o llamadas me tranquilizaba, te
convertiste en mi efecto placebo perfecto. Pero al llegar la noche me entregaba
nuevamente a mi mente, mi peor enemiga. Los días eran agotadores, vivir con el
corazón roto era sumamente agotador. Tuve la peculiar idea de entrar al mundo
de los sueños, terminar con el cansancio, con el robot, claro esperando a que
mi protector me rescatara, pero no lo hubo y me dio mucho miedo hacerlo solo,
además no iba apropiadamente vestido. Pasando más el tiempo y yo jugando a mi
doble identidad, la vida se empezaba a volver más sencilla, nuestros encuentros
donde te quise a pesar que sabía que te iba a perder, que cada día te perdía un
poquito más, y yo seguía en el intento de llenarte el alma. Siempre supe que al
final te irías, pero quise hacer lo que nadie había hecho: Creer en ti.
Decidí
congelar todos los recuerdos que teníamos juntos, sin saber que el frio también
quemaba. De pronto poco a poco todo la tristeza se empezó a transformar en
rutina, la misma rutina de siempre, la misma rutina de hace 4 años en ese
entonces, y nuevamente vi como la vida me volvía a faltar, ¿alguien me la robo?
¿Por qué alguien haría algo así? Extrañaba infinitamente a mi otro Enrique,
pero sabía que jamás iba a volver, solo estaba esperando verte expresar lo que
nunca supiste o mínimo tuvieras la decencia de reparar el corazón que habías
deshecho, pero no fue así, me quedo claro que una vez más si quería que
salieran bien las cosas debía hacerlas yo mismo. Evitando canciones, olores,
sabores, fue como poco a poco empecé a volver en mí. Volví a reír de manera
natural, gracias a esos 4 pilares que no me dejaron ni un momento.
La vida
empezó nuevamente, pero conocemos a la vida y como le encanta reírse de
nosotros, hizo de las suyas poniéndome en un escenario ya conocido, solo que
esta vez era distinto, mejor. Estaba nevado, ese mismo escenario donde había
estado contigo, ahora estaba nevado, mi cuerpo nuevamente sintió algo, que se
transformó rápidamente en llanto, pero ahora el corazón ya no me dolía, pero
sabía que en ese momento te decía adiós. ¡Fue suficiente! Gritaron mi corazón y
mi cerebro, por primera vez después de mucho tiempo estaban de acuerdo. Mi
corazón está bien. No te odio, jamás lo hice, en gran parte te debo lo que soy
a ti, fuiste alguien muy especial en mi vida, y hoy curiosamente escribiendo
esto, me di cuenta que eres esa historia que jamás lograré contar sin emitir
una sonrisa y demarrar una lagrima.
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